IA, un nuevo artista para el siglo XXI

15 de junio de 2019 | Autor: Patricia Morén / neuromimeTICs.org

La inteligencia artificial es una creación humana que ya tiene capacidad de cocrear e incluso de crear sus propias obras de arte, una facultad que hasta ahora se creía exclusiva del hombre. Hay robots que pintan y robots que componen música. Las noticias sobre estas maravillas tecnológicas nos han sorprendido gratamente en 2019, a la par que han abierto la Caja de Pandora sobre los diversos desafíos éticos que plantean.

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Las siglas de inteligencia artificial (IA) bien podrían corresponder ahora a otro concepto: Inteligencia artística. Este año 2019 ha estado salpicado de algunos ejemplos de sistemas de IA con capacidad para completar obras artísticas inacabadas o de crear nuevas obras de forma autónoma. En febrero, la compañía tecnológica china Huawei sorprendía al mundo anunciando que un algoritmo de IA había sido capaz de completar los dos últimos movimientos de la Sinfonía nº8 en si menor, D-759, del compositor austríaco Franz Schubert, conocida como la “inacabada”. 

Para ello, la compañía creó un modelo de aprendizaje de IA para enseñar a uno de sus Smartphones a analizar los dos primeros movimientos de la sinfonía inacabada de Schubert y, a partir de este análisis, crear la melodía para el tercer y cuarto movimiento de esta obra incompleta. Los ingenieros de la compañía colaboraron con el compositor Lucas Cantor, galardonado con un Emmy, para rellenar los vacíos dejados por este sistema y revisar los detalles precisos para producir una composición que respetara el espíritu original de la obra. En este caso, la función de la IA fue actuar como colaborador del ser humano para completar una obra inacabada, pero la IA ya ha demostrado que puede ir más allá y actuar como agentes autónomos.

Ejemplo de robot humanoide pintando

Ejemplo de robot humanoide pintando

Este es el caso de la robot humanoide, Ai-Da, creada por la Universidad de Oxford, y protagonista de una de las noticias de este año al anunciarse que el 12 de junio se iban a exponer sus obras de arte, entre ellas pinturas y esculturas, en una galería de Londres. Provista de una cámara en un ojo para captar las imágenes del entorno que la rodea, un sistema de IA y un brazo robótico para plasmar lo que ve, Ai-Da es capaz de dibujar y esculpir sus propias obras. Se trata, pues, de un androide con capacidad para crear de forma autónoma. 

Ambos ejemplos de IA creadora en 2019 son la continuación de otros hitos artísticos logrados por la IA previamente. Es, pues, indudable que la IA es capaz de crear sus propias obras de arte de modo autónomo, hasta el punto de que ya existen comunidades de creadores que exploran el impacto de los artistas pioneros en el arte con IA, como AIArtists.org y que se autodefine como primer centro de intercambio de información sobre el impacto de la IA en el arte y la cultura. 

Sin embargo, la contrapartida menos alegre de este haz de posibilidades que genera la tecnología es que también abre la caja de los truenos y plantea numerosos dilemas éticos. Como señalaba Dafna Feinholz en una entrevista concedida a neuromimeTICs jefa de la Sección de Bioética y Ética de la Sección de Ciencias (SHS/BIO) de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) “un tema muy importante e interesante es la relación entre la IA y la creatividad. Debemos preguntarnos, por ejemplo, ¿qué pasa con los derechos de los artistas? Y, filosóficamente, la creatividad siempre se ha concebido como una característica exclusivamente humana, pero qué pasa cuando una máquina es capaz de crear, de escribir un cuento?”

¿Hasta dónde pueden llegar las funciones de los sistemas de IA y los abusos o excesos al colaborar o competir con el ser humano en calidad de artistas creadores? ¿Será este nuevo perfil de “artista inteligente” capaz de arañar terreno al arte producido por creadores humanos?

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Copyright, el hombre siempre será responsable

La comunidad científica ha analizado en diversos trabajos a quién corresponde la autoría, la coautoría, los derechos de propiedad intelectual y la responsabilidad legal de la obras generadas por los sistemas de IA. Una revisión de varios de estos estudios, publicada en International Journal of Humanities and Applied Sciences, aporta algunas consideraciones sobre cada uno de estos aspectos que constituyen una buena guía. Los autores de esta revisión explican que las máquinas son un producto de la industria humana y que, por lo tanto, siempre deben encontrarse bajo la custodia o tutela de algún ser humano de forma directa (una persona física) o de forma indirecta (una empresa).

Estos autores, Guilherme F. Nobre y Artur Matuck, de la Escuela de Comunicación y Arte de la Universidad de Sao Paulo, señalan que teóricamente se podría reconocer la autoría de sus trabajos a las máquinas, al ser estas capaces de funcionar como una entidad autónoma y de producir sus propias obras, así como la coautoría, que es menos dudosa, porque en estos casos participan como una herramienta asistente del ser humano, y que incluso parecería lógico que pudieran reclamar los derechos de propiedad intelectual o de patente sobre sus creaciones. Sin embargo, esto último no tiene futuro, según Nobre y Matuck, porque ninguna máquina podría alcanzar el estatus de personalidad jurídica independiente para poder percibir estos beneficios, sino que siempre debería tener detrás la custodia o tutela de un humano en una de las dos formas citadas (directa o indirecta).

Así, aunque el pago de estos derechos de propiedad intelectual o de patente pudieran ser útiles para pagar los costes de electricidad, el mantenimiento y los recursos que una máquina utiliza para producir sus trabajos, no se estaría beneficiando a nadie, cuando los derechos de propiedad intelectual y de patente se establecieron no solo para remunerar a los creadores sino para promover que la sociedad fuera más creativa, productiva e innovadora. Asimismo, también debería haber algún responsable detrás para lo peor, es decir, en caso de que una máquina infrinja la ley. De ahí que siempre deba haber una persona o una sociedad que cobre estos derechos de propiedad intelectual o de patente para asegurar que se salvaguardan los intereses de la sociedad en primer lugar y nunca los de las máquinas, según Norbe y Matuck.

Por ahora, parece que en lo tocante a las creaciones artísticas, la unidad de carbono (el hombre) será el beneficiario y manager del artista de silicio (la máquina).